De cañas por la tarde

Recuerdo con cierta nostalgia las tardes de estudiante. Aquellas en las que comenzabas con un café. Tenías el convencimiento de que querías ir a clase. Pero finalmente, el café, el solecito y la promesa de una caña era demasiada tentación. Eran las mejores tardes; las mejores cañas, las no esperadas ni planeadas.Ahora, hoy, vuelvo a tomar un café por la tarde, un café largo, de casi una hora, como los de entonces. Tengo las mismas ganas, si no menos, de ir a trabajar, que de clase. Pero hay que ir a producir, a veces casi como en cadena, para salir de noche. Sabes que te estás perdiendo, seguro, la mejor caña de la semana. Pero ya no hay opción.

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