La Invención de Hugo no es una película infantil. Para nada. De hecho, a mí me gustó, pero me gustó la faceta friki que tiene de cine antiguo, que viene a explicar el origen de la fábrica de sueños. Porque la película en sí es lenta, muy lenta; como historia de niños muy vista, mala y bastante aburrida para quien no la entienda.
Decir antes de continuar que voy a contar spoilers de la peli. Porque a mí cuando Carlos Boyero destripa en la Ser una peli que no le gusta (no sólo la pone a parir, sino que cuenta el final), me fastidia mucho, y me dan ganas de llamar a la radio para ponerlo a parir. Yo no quiero hacer lo mismo. Bueno, en realidad cuento spoiler relativos, porque no sé si os pasará lo mismo, pero yo nada más ver a mesieu George pensé que era un guiño, porque tanto en nombre, proferísón y aspecto, era un calco de Méliès. (Que sí, que me cansé de decir al final de la peli que Méliès existió de verdad, y que tengo varias de sus obras).

La segunda parte, sin dejar abandonar una lentitud en ocasiones recalcitrante y el mencionado bajo nivel de la trama, gana ligeramente en ritmo y sensibilidad. Y, sobre todo, cuenta algo. Cuenta cómo un mago francés lo dio todo por inventar lo que hoy conocemos como cine. A mí me encantó poder ver en pantalla grande del cine imágenes de los Lumière, el propio Méliès, Buster Keaton, Griffith, Charlot, Edison o Harold Lloyd. Aunque puestos ha hablar de cine mucho, me pareció que Scorsese, salvo en los dos primeros casos, de olvidó del cine francés, se olvidó también del expresionismo alemán, Fritz Lang o el Acorazado Potenkim, y se centró únicamente en el cine americano, que al principio era uno más, pero bueno.

Segundas lecturas a parte, La Invención de Hugo llega a emocionar y mostrar la verdadera magia del cine por momentos. Me dan ganas de leerme el libro en el que se basa, que tiene que estar muy bien.
Por cierto, de esas curiosidades que dan los Óscar, que de nuevo las dos pelis ganadoras de este año iban de lo mismo, del cine mudo.