Bueno, pues aquí va la versión corregida, creo que definitiva, del relato escrito hace un año. Sonaban los Ángeles del Infierno y corría la cerveza. El bar estaba lleno con los parroquianos habituales riendo y llorando de sus cosas. Pero era una noche especial, porque por primera vez en mucho tiempo, no faltaba nadie del grupo. Era su aniversario y se habían reunido, nostálgicos, a tomar cervezas y contar viejas batallas. Un poco bebido y cansado de la voz aguda, se dirigió a la barra esquivando gente. -¡Ximo, pon los Maiden! –exigió al camarero que, como siempre, pareció ignorarlo. Allí sentado, el borracho se sintió feliz. No habían sido buenos los últimos años para el grupo. Mujeres y niños los habían separado. Algunos habían tenido problemas de alcohol, y cuando por allí se pasaban eran seres solitarios que ahogaban sus penas en la cerveza, sin la alegría de antes y sin querer hablar con nadie. Pero aquella noche, no faltaba nadie. Recuperó su sitio con dificultad. Y escuchó. Como...